Barreras culturales a la innovación y a la creatividad

por Pablo Álamo

No es fácil ser creativos y menos innovadores. Y, en entornos latinos, construir una cultura de la innovación es especialmente complicado, por razones estratégicas, políticas (especialmente de gestión humana), estructurales y culturales.

Pablo Álamo, columnista Pablo Álamo, columnista
Todas las razones se reducen a tres: no conozco, no puedo y no quiero. Pero sea cual sea la razón, causa o motivo, el hecho es que estamos cada vez más lejos de ser lo innovadores que el mundo y la sociedad reclaman.

Recientemente tuve la fortuna y el privilegio de estar en Barranquilla. Fui a dictar una conferencia-taller sobre creatividad e innovación. Fue una experiencia muy enriquecedora por la calidad de los participantes, que intervinieron con inteligencia, criterio y espíritu crítico. Recuerdo que, en un momento de la actividad, una joven empresaria tomó el micrófono y comentó a todos los presentes: “Una vez mi papá me dijo: -Hija, tengo miedo… A lo que yo le respondí: -Papá, me preocuparía que no tuvieras miedo”.

Fue una respuesta sorprendente, certera y cargada de una gran sabiduría: lo normal es tener miedo, sobre todo cuando vamos a emprender proyectos de gran envergadura, que implica una alta inversión de recursos y energías. Porque, entre otras razones, el costo de oportunidad a ciertas edades es altísimo. Vivir de verdad, vivir afrontando –y no huyendo, escapando- la realidad y la vocación personal de miedo, cuando no auténtico vértigo. Y esto influye notablemente en nuestra capacidad creativa e innovadora.

“Papá, me preocuparía que no tuvieras miedo”. Durante un buen tiempo no pude quitarme esta frase de la cabeza. Es una sentencia que nos invita a pensar en el pape que juega el miedo en la acción humana. Básicamente hay dos tipos de miedo: uno que nos lleva a reaccionar con fuerza, rapidez e incluso con violencia y contundencia, como reacción casi instintiva, de supervivencia. Y hay un miedo que, por el contrario, nos bloquea, nos lleva a no salir de la zona de confort, a seguir haciendo lo mismo de siempre, porque actuando así nos sentimos más cómodos y seguros: lo desconocido genera desconfianza y a veces miedo, motivado en gran parte por el rechazo cultural al fracaso. Este rechazo influye de brutalmente en las interpretaciones que hacemos de la realidad, tanto de las oportunidades como de las amenazas, y suele terminar por mermar el coraje e influenciando las decisiones.

De todas las barreras culturales a la creatividad y a la innovación, cuatro mitos se han convertido en muros especialmente fuertes y difíciles de superar:

1. El mito de la normalidad: Sé normal ¡Confórmate!
Nuestra cultura ejerce una uerte presión para que las personas se adapten a las reglas establecidas. Los grupos actúan como control social: si quieres estar con nosotros y ser aceptado, haz lo que hacemos todos. En una empresa con la que trabajé se decía: “Quien obedece, nunca se equivoca”.

2. El mito de la seriedad: Sé serio. ¡Si eres adulto, no juegues!
Jugar en el trabajo es mal visto. Jugar es perder el tiempo. Jugar es buscar diversión, placer y esto no es productivo. Es un mito porque la realidad nos muestra lo contrario: el juego desarrolla la creatividad y también genera un ámbito de prueba, de simulación, que permite el ensayo y el aprendizaje de una manera única y con una motivación impresionante.

3. El mito del realismo: ¡Sé realista!
A nuestra sociedad le sobre realismo y la falta más alma, magia, espíritu e intuición. Osho, al respecto, tiene una frase genial: “Cuando el cuerpo funciona espontáneamente, se llama instinto. Cuando el alma funciona espontáneamente, se llama intuición. El instinto pertenece al cuerpo, lo burdo; la intuición pertenece al alma, lo sutil. Entre las dos cosas se encuentra la mente, la experta, que nunca funciona espontáneamente”. A veces damos demasiado valor a la eficiencia, a las estadísticas y a lo ya probado, lo cual acaba convirtiéndose en una barrera a las nuevas propuestas.

4. El mito de la experiencia: ¡Siempre se hizo así!
No siempre la experiencia lleva a mejores decisiones, más bien lo que garantiza es resultados previsibles pero no necesariamente los mejores. Las condiciones conocidas –siempre se ha actuado así en esta empresa- nos relajan e incluso nos permiten trabajar en “piloto automático”. En cambio, lo desconocido inquieta e inhibe… incluso puede dar miedo, y requiere una fuerza adicional para enfrentarlo y superarlo: “Papá, me preocuparía que no tuvieras miedo”.



@pabloalamo
Prime Business School
Universidad Sergio Arboleda

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