Diálogos en Ginebra: ¿Todos podemos ser líderes?

por Pablo Álamo

En el pasado, se requerían líderes que fueran buenos negociadores, autoritarios, que supieran motivar, premiando al que hace bien las cosas y castigar al que las hace mal.

Pablo Álamo, columnista. Pablo Álamo, columnista.
Siempre es grato volver a Ginebra, no sólo porque es una ciudad preciosa con una altísima calidad de vida, sino sobre todo porque tiene esa magia especial que sólo tienen los grandes centros políticos, científicos y académicos.

Aquí se encuentran las sedes de prestigiosos centros especializados en relaciones internacionales, como el Instituto Lancy, la Escuela Internacional de Ginebra y el Instituto Florimont. Aquí se ve el imponente edificio del Palacio de las Naciones, segunda sede de las Naciones Unidas. Esta ciudad fundada por Juan Calvino en el siglo XVI es especialmente bonita durante los meses de mayo a septiembre, donde pasear por el Lago Lemán y sus parques extraordinariamente limpios y cuidados se convierte en una experiencia encantadora.

A la salida de la Biblioteca de Ginebra, la misma que tuvo el honor de ser frecuentada por Jorge Luis Borges, Voltaire o Miguel Servet, tuve la fortuna de discutir con un colega un dilema que se presenta con mucha frecuencia en la formación de personas: ¿todas las personas pueden ser líderes? La realidad es que el liderazgo se ha convertido en una competencia básica en todos los niveles de la organización.

Los desafíos cada vez más complejos de la sociedad postmoderna exigen la presencia de líderes que lideren a otros líderes. Esto implica un cambio de paradigma en las organizaciones, y en muchos casos un proceso de cambio cultural, porque en naciones como la colombiana, se hace obligado abandonar el enfoque personalista en la gerencia empresarial. En otras palabras, el liderazgo no es ya únicamente una competencia de la cúpula directiva sino que debe trascender a todos los ámbitos de la organización.

En el pasado, se requerían líderes que fueran buenos negociadores, autoritarios, que supieran motivar, premiando al que hace bien las cosas y castigar sabiamente al que las hace mal con el fin de evitar que recaiga o arrastre a otros en sus malas prácticas. Este tipo de liderazgo transaccional solían manifestarse en un estilo de ordeno y mando con excelentes resultados a corto plazo. Todavía hoy vemos a grandes líderes transaccionales, como el entrenador de fútbol José Mourinho, por poner sólo un ejemplo muy mediático.

La complejidad del mundo actual pide a gritos un nuevo tipo de liderazgo de naturaleza transformadora y trascendente. No se trata de ignorar el liderazgo transaccional sino de perfeccionarlo a través del aprendizaje y del compromiso.

El líder transformador no sólo sabe ejecutar una buena política de incentivos sino que además logra que sus colaboradores y seguidores perciban el atractivo del trabajo realizado, más allá de personalismos, porque la acción tiene sentido en sí misma. Se trata fundamentalmente en lograr dar sentido y generar atractividad a todas las tareas relacionadas con la función de uno desempeña dentro de la empresa.

Un líder transformador suele ser una persona visionaria y carismática, que no tiene ningún reparo a cuestionar todo y que manifiesta una tendencia a promover el empoderamiento en sus colaboradores. Un buen ejemplo de líder transformador puede ser el ex presidente Álvaro Uribe.

A veces el liderazgo transformador cae en la paradoja, a la vez que fomenta el empowerment, de concentrar el poder en el vértice. Esto puede llegar a ser un grave problema si la visión del líder se convierte en un fin en sí mismo.

Por eso, el liderazgo transformador debe ser perfeccionado con un liderazgo de tipo trascendente. Se trata de un líder comprometido con la misión de una manera mucho más profunda y que consiste en transmitir el sentido de misión a los todos los colaboradores y empleados, obviamente según la responsabilidad que le corresponda, sabiendo dejar paso a otros líderes, como hacen los atletas en una carrera de relevos.

El líder trascendente sabe que no todos son iguales, que no todos corren igual de bien ni a la misma velocidad ni con la misma belleza ni logrando el mismo resultado. Pero también ha captado que todos pueden llevar el testigo y que a largo plazo contar con todos es la mejor opción.

Se necesita mucha humildad (inteligencia) para llegar a ser un líder trascendente. Cuando pierde la humildad, el hombre se degrada.

Pablo Álamo Hernández
Profesor Prime Business School, coach y consultor.
Twitter: @pabloalamo

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