Lecciones de Liderazgo ¡Gracias, Real Madrid!

por Pablo Álamo

El rotundo, humillante e histórico “baño” que el Real Madrid propinó al Bayer de Munich en la semifinal de la Champions League es una de las grandes lecciones de liderazgo de los últimos tiempos.

Pablo Álamo, columnista. Pablo Álamo, columnista.
Vengan de donde vengan, nunca me he sentido cómodo con los excesos de entusiasmo y los triunfalismos que, a mi modo de ver, poco tienen que ver con la actitud positiva y la buena energía. Más resistencia siento cuando esos excesos se producen en un contexto de elogios unánimes con la siguiente y natural falta de autocrítica. Hay que tener mucho cuidado con los triunfalismos porque ellos, en la mayoría de los casos, ciegan e impiden ver los problemas y en consecuencia poder tomar los correctivos necesarios. A tiempo.

La histórica victoria del Real Madrid en el Alliance Arena de Munich (0-4), la mayor derrota que ha sufrido el Bayer en su historia, ilumina una gran verdad humana y nos recuerda una ley esencial del liderazgo. Es cierto que el Madrid jugó muy bien, que tuvo una pizca de suerte y que esa noche le salió todo mientras que al rival nada, pero es bueno tener presente que tal gesta fue posible porque el Madrid ante todo jugó de la única manera que podía hacerlo con esperanzas de eliminar al Bayer. En otras palabras, adaptó su estilo de juego y su táctica a las fortalezas de sus jugadores y a la máxima debilidad del rival, defendiendo la portería con criterio y aprovechando de la mejor manera la velocidad de sus atacantes. Un día antes de esta hazaña habían iluminados que todavía criticaban esta actitud…pero un rotundo 5-0 en la eliminatoria calló hasta aquellos que se creen dioses, con en posesión de la verdad, criterio último de lo que está bien y mal, de lo que se puede o no hacer.

Por su parte, el Bayer fue víctima de su estilo, mejor dicho, de su rigidez. Quiso imponer su estilo, quiso jugar de una manera muy concreta, la que el entrenador quiere que le caracterice, con ese sello propio que significa controlar la posesión del balón y construir el juego desde el toque, la posición y el centro del campo. Es la visión del fútbol que tiene Guardiola, entrenador del Bayer, y que desarrolló con indudable éxito en el Barcelona. Una visión del fútbol que responde a una fuerte convicción: lo más importante es jugar bien, porque jugando bien llegan los resultados y el público queda más satisfecho. Jugar bien se identifica principalmente con tener el control del balón y que el rival así quede desorientado y supeditado a ser mero espectador.

Respeto todas las convicciones, también las futbolísticas, pero no puedo compartir aquellas que no son consistentes con la naturaleza humana. Las personas, y los sistemas basados en ella, son realidades dinámicas que rechazan de la manera más rotunda la rigidez. De hecho, la rigidez es una manifestación de la vejez, cuando no de la misma muerte. Un niño es lo menos rígido que hay y un anciano el sumum de la rigidez. Quienes han tenido la experiencia de cargar con un muerto, lo saben. Por eso suelo decir a las empresas que se rigen por fuertes comportamientos rígidos que a la vez que pueden con ellos ganar en eficiencia a corto plazo en realidad no están haciendo otra cosa que escribir su carta de defunción. Y los gerentes suelen escribirla sin la menor preocupación porque deciden con criterios cortoplacistas y porque saben que cuando el problema se haga inmanejable ellos ya no estarán al frente. Que se lo pregunten a gigantes como la General Motors: no se puede avanzar con la mirada puesta en el espejo retrovisor.

Eso es exactamente lo que le pasó al Fútbol Club Barcelona, cuando, obnubilado de tanto éxito, construyó la creencia firme e inmutable de que el estilo no se toca. ¿Y por qué no? Lo predicaron –y predican- sus presidentes, entrenadores, jugadores, socios y seguidores más fanáticos. El razonamiento es para ellos sencillo y aparentemente incuestionable: “No podemos traicionar el estilo que nos ha convertido en el mejor equipo de la historia”. Como si los hechos pasados fueran garantían de éxito futuro. ¿Qué hay detrás de esta creencia? Un razonamiento lógico pero engañoso y falaz. El estilo pasó a ser así el primer mandamiento de la fe barcelonista y con cada nuevo título y triunfo ese pensamiento se cristalizaba y fosilizaba en una fuerte, rígida y peligrosa convicción.

El problema de los rígidos es que no ven más allá de sus creencias y se vuelven ciegos para ver más allá del paisaje que tienen ante sus ojos. Su capacidad de creatividad, innovación y resolución de conflictos es muy limitada porque la mente rígida no se atreve a cambiar de opinión ni es capaz de buscar y encontrar soluciones distintas. La rigidez, además, presente otro problema adicional: suele ser fuente de intolerancia y prejuicios con una alta dosis de discriminación, como ha sucedido en el Barcelona con todos aquellos que no estaban de acuerdo con el modelo del tiki-taka. Los éxitos son el resultado de buenas decisiones y de un poco de buena suerte. Pero nunca pueden justificar leyes y comportamientos que impidan a las personas y a los equipos reinventarse, saber escuchar los eventos que suceden y fluir con ellos. Que se lo pregunten al “pobre” del Tata Martino: ¿acaso no encontró intolerancia al deseo que manifestó en su primera rueda de prensa de introducir “variantes” al estilo?

¡Gracias, Real Madrid! ¡Gracias, Ancelotti!: sólo una goleada de escándalo como la que le metiste al Bayer en semifinales de la Champions puede hacer recapacitar a los rígidos defensores de que el estilo es intocable. Mi experiencia es que ante un rígido fundamentalista, no hay nada que hacer, salvo rezar y esperar en una intervención especial divina. Pero a los rígidos con una pizca de conciencia les invito a pensar en que el estilo necesita adaptase a las circunstancias, como todo aquello que implica vida. De hecho, el símbolo de la vida es el agua. ¿Cuánta agua hay en el hombre y en el único la planeta que conocemos con vida? Muchísima: la mayoría es agua, y toda vida depende del agua. ¿Y cuál es la característica más esencial del agua? -Que no conoce la rigidez: puede adoptar cualquier forma porque tiene la capacidad de adaptarse a cualquiera. ¿Lo habrá entendido Vicente Del Bosque y otros grandes gerentes de equipos y empresas exitosas? ¿Habrán comprendido que el estilo está al servicio de las personas y no al revés? En los momentos claves, el éxito depende en gran parte de tener las virtudes del agua y de no caer en la rigidez y la frialdad del hielo. Es la gran lección de liderazgo que, más allá de sus errores, veo en Ancelotti.

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