¿Por qué fracasan las dietas?

Nuestro cerebro es un egoísta que domina el resto del cuerpo: una teoría nueva sobre la causa del fracaso de las dietas.

¿Por qué fracasan las dietas? ¿Por qué fracasan las dietas?
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DW
"El problema no es el estrés en sí mismo, sino la adaptación al estrés crónico y psicológico", explica Achim Peters, que investiga la actividad cerebral ante el estrés. Dependiendo del tipo de estrés, las personas engordan, adelgazan o se vuelven depresivas.

Suena como una buena explicación para las epidemias de la sociedad del bienestar: la obesidad, la diabetes, las enfermedades circulatorias y del corazón y las depresiones, muchas veces declaradas como “burnout”, agotamiento generalizado.

Achim Peters escribió un libro sobre la teoría del llamado cerebro egoísta. Una teoría basada en el estudio de más de 10.000 estudios durante varios años. El concepto del “selfish brain” ya es internacionalmente conocido. Y podría explicar por qué nuestra cabeza sabotea las dietas y lucha contra el propio cuerpo.

Lo principal en este conflicto es el suministro de energía. El cerebro domina todo el cuerpo para cumplir su necesidad – en caso necesario, a costa de los otros órganos. Estudiosos que analizan la conducta humana después de una hambruna, muestran que el peso del cerebro de una persona que ha adelgazado hasta los huesos no diminuye.

Lo más importante para el cerebro es la glucosa. “Aunque nuestro cerebro sólo representa un dos por ciento del peso de nuestro cuerpo, necesita la mitad de nuestro consumo de azúcares por día.” explica Peters. “En situaciones de estrés, hasta un 90 por ciento.”
El cerebro egoísta

El pasado evolutivo


Este privilegio tiene mucho sentido si se piensa en el pasado evolutivo del hombre. Cuando se presentaba un peligro, el hombre debía poder reaccionar rápidamente y con alta concentración. Quien era demasiado lento acababa convirtiéndose en la presa de un tigre o tenía que rendirse frente a sus enemigos.

El mecanismo está profundamente arraigado en el ser humano y comienza a funcionar cuando éste se enfrenta a una situación de estrés, en la cual las hormonas y el sistema nervioso desencadenan los síntomas típicos: taquicardia, temblores y sudores, que resultan de un desvío de la energía al cerebro.

Además, el sistema de estrés provoca una concentración mayor de azúcar en la sangre, porque interrumpe la producción de insulina, hormona necesaria para que los músculos y el tejido adiposo puedan absorber glucosa. El cerebro les quita la insulina, obteniendo así más glucosa.

Un sistema desequilibrado


Lo que hubiera podido salvar al hombre de las cavernas es hoy un problema para quienes vivimos en continuo estrés. El cuerpo se mantiene en continua alarma, aunque lo normal sería mantenerse tranquilo. En épocas de exámenes, durante trabajos delante de la computadora, que requieren gran concentración, o viendo una película emocionante en el cine, la adrenalina comienza a fluir por nuestra sangre.

Según Peters, “nuestro sistema de estrés todavía funciona igual que en los tiempos en que el hombre era cazador.” Hoy, en la era moderna, no necesitamos esa energía, por lo cual el sistema pierde su equilibrio.

Cerca de un 80 por ciento de los seres humanos sufre de este problema. Según Peters, hay dos grupos diferentes: el tipo 'A' que trabaja mejor en situaciones de estrés, y cuyo cerebro utiliza mayor cantidad de energía. Este tipo come menos y pierde peso. El tipo 'B', trabaja más tranquilo y con gran tenacidad.

¿Por qué las dietas no funcionan?


Cuando el mecanismo se utiliza demasiado, deja de funcionar óptimamente. Las sustancias responsables de estabilizar el organismo humano reducen las señales de estrés, con lo cual la producción de la insulina no se detiene eficientemente. El cerebro no se siente lo suficientemente alimentado y pide alimento. El azúcar en la sangre aumenta, el tejido adiposo se beneficia, y el peso sube.

¿Entonces la gente delgada del tipo 'A' tiene más suerte que los otros? “No”, responde Achim Peters, “ellos tienen problemas para aceptar fracasos y un gran riesgo de caer en una depresión. Quien tiene mucho estrés, se pone depresivo o gordo.” resume el científico. Y, no pocas veces, las dos cosas.

El concepto del cerebro egoísta es internacionalmente conocido. La teoría de Achim Peters relaciona el estrés del cerebro, con el estrés propio y el comportamiento.

“Definir quién es culpable del caos no resuelve los problemas de obesidad. El cerebro entra en una crisis energética que resulta del estrés. Y es allí a dónde debería apuntar la terapia” expone Peters.
El fracaso de la dieta

El cerebro egoísta

Con el concepto del 'cerebro egoísta' se puede explicar por qué las dietas nunca funcionan. El tirano cerebral reclama todo el azúcar. La persona que hace dieta no detiene su actividad, se pone inquieta, duerme mal, está de mal humor. Pero su cerebro, ansioso de glucosa, no la deja en paz. El resultado son ataques de hambre. Es muy difícil romper este círculo vicioso. Así, ninguna dieta puede funcionar.

Además, el cerebro no se deja engañar por el azúcar sintético. Y tampoco por disminuciones del estómago. Estudios recientes muestran una alta tasa de suicidios y accidentes en estos pacientes, advierte Peters. Está cada vez más claro que la reducción de calorías tiene un impacto negativo en el estado psicofísico.

Como estrategia terapéutica, el investigador recomienda a los obesos centrarse en sus sentimientos. Cuando el sistema de estrés está regulado, el peso se reduce sin problemas. Factores de gran influencia en el peso son, especialmente, los problemas escolares y laborales, los conflictos familiares o entre colegas y también la soledad. “Pero no sería realista si recomendara a todas las personas con sobrepeso únicamente la ayuda de un terapeuta", admite Peters.

Es importante cambiar los hábitos alimentarios, y comenzar muy temprano para así poder luchar contra el cerebro egoísta.                                                                

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